
Kimimela
Tan pronto como pudo caminar, Kimimela ya estaba haciendo preguntas. Preguntas sencillas al principio: ¿cómo florecían las flores?, ¿por qué el cielo era tan azul?, ¿qué hacía que el arroyo fluyera en una dirección y no en la otra? Todas estas y muchas, muchas más fueron respondidas pacientemente por los adultos que la rodeaban, pero como en muchos niños curiosos, las respuestas solo conducían a más preguntas. Y muy pronto, esas preguntas ya no eran tan sencillas: ¿cómo elijo con quién compartir mis bocadillos adicionales?, si hiero a alguien, ¿cómo hago para que se sienta mejor? Las respuestas se hicieron más largas y complejas, pero siempre estaban ahí; los adultos que rodeaban a la joven bisonte eran capaces de aportar una perspectiva, un consejo o una respuesta en conjunto.